La vida que quieres

Ana García Liébana

¿Por qué nos cuesta cambiar?

¿Cuál es tu relación con el cambio? ¿Lo buscas o lo evitas? Y, ¿Por qué nos cuesta cambiar, incluso en cosas que sabemos que son para mejor?

Nuestra vida está en constante cambio. El ser humano es una especie que se adapta al cambio de forma brillante. Manejamos con maestría cambios a diario: los jefes cambian, las empresas son absorbidas, los niños crecen, nuestros padres envejecen…. Sin embargo, cuando pensamos en hacer cambios proactivamente en nuestras vidas, solemos encontrar resistencia y miedo.

Tiene lógica, para empezar el cambio consume energía, y el cerebro busca la eficiencia- crear nuevos circuitos neuronales exige un esfuerzo superior a utilizar los que ya existen.

Pero es, en mi opinión, el miedo al fracaso lo que más nos paraliza.

Necesitamos revisar nuestra relación con dicho miedo, si queremos atrevernos a iniciar nuevas aventuras.

Los cambios consumen energía

Cambiar nuestros comportamientos exige crear nuevas conexiones neuronales y “romper” el piloto automático, vencer la inercia. Eso, conlleva esfuerzo y gastamos, literalmente, energía.

Si vamos justitas de energía, pensar en afrontar un cambio se hace cuesta arriba. La actitud ante el esfuerzo está totalmente condicionada por nuestras fuerzas.

Necesitamos aceptar la incomodidad del proceso

Se requiere coraje para aceptar el proceso de aprendizaje. Cuando empezamos algo nuevo se nos da mal. Se va a dar mal hasta que cojamos práctica. Imagínate a un niño aprendiendo a andar. Las veces que se cae. Infinitas. Cuando empezamos algo nuevo nuestro proceso es similar. Pero a diferencia del niño nos pasan dos cosas, no tenemos la confianza plena de nuestros padres al lado sabiendo que lo vamos a conseguir y tenemos asociada la incomodidad de lo que no nos es familiar a una emoción “negativa”.

Nadie llega a nada sin horas de esfuerzo. Existe el talento natural, pero el talento natural sin horas de trabajo no hace maestros. Para tocar el piano, aprender a jugar al tenis por ejemplo se requieren horas de hacerlo mal. Esa es la realidad. Horas y horas de ser un mal pianista, un mal jugador de tenis.

Y ello exige carácter y coraje. Y mucha motivación, claro.

Tenemos un concepto muy negativo del fracaso

El miedo al fracaso frena más proyectos que el propio fracaso. Los tumba antes de nacer. Qué pena. Desgraciadamente, nuestra sociedad penaliza enormemente el error.

Sólo entendiendo el fracaso como parte del proceso podemos permitirnos, atrevernos a innovar. No nos concedemos tiempo de experimentar, queremos resultados rápidos. La pena es que nos marcamos objetivos seguros, alcanzables, muy por debajo de nuestro verdadero potencial

El cambio implica renuncias que hay que saber aceptar

Para dar un verdadero cambio en tu vida, una transformación profunda, vas a tener que “soltar” partes de ti que puede que te gusten o al menos te aportan algo, te han servido hasta ahora. Puede que haya personas que ya no tengan cabida en tu vida. Y es duro dejarlas ir. Rutinas, costumbres, tendrán que ser modificadas o incluso eliminadas. Y no nos gusta renunciar. La sensación de pérdida es mal percibida por los humanos.

Cuando te cueste deshacerte de algo que no te conviene (persona o hábito) busca los pay-offs- las contraprestaciones que obtienes por tenerlo en tu vida. Hay que traer a la conciencia esas pérdidas porque son las que a un nivel inconsciente nos están frenando.

Un ejemplo tonto me lo encontré yo para dejar de fumar. En la oficina la mayoría de gerentes fumaban. Se tomaban muchísimas decisiones en el jardín de fumadores. No fumar suponía renunciar a participar en esas reuniones informales y perderme la información que allí se manejaba.

Con las relaciones de pareja se pone muy de manifiesto. Si una parte de la pareja crece y el otro no, la brecha genera un problema en la relación. Tu pareja te tiene que acompañar en los grandes cambios. Muchas veces no inicias esos cambios porque sabes (inconscientemente) que te llevas a tu pareja o familia por delante.

Los demás no quieren que cambiemos. No a mal, simplemente nuestro cambio les afecta porque somos “sistemas”, unidades entrelazadas y lo que hace uno le impacta a otro. Se cuestiona además el sentido de pertenencia, si uno destaca mucho. Cuando tú éxito supera en una medida significativa el éxito de tu alrededor, te “sales” del grupo. Te posicionas sin querer “enfrentado” a ellos. Y recordemos que el sentido de pertenencia es de los más fuertes en el ser humano Hemos llegado hasta aquí en comunidad, solos sabemos que no sobrevivimos.

Feliz día,

Ana

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Gracias unsplash y sus fotógrafos por las magníficas fotos.

Conócete. Cuídate. Crece

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